El color de las paredes: Cuando el muralismo abraza las calles y la comunidad de Mitla

El color de las paredes: Cuando el muralismo abraza las calles y la comunidad de Mitla
Nacional
28-07-2026 20:09:00
Daniel Lozada Gallegos
  • Un proyecto autogestivo que descentraliza el arte, dignifica la labor de los creadores y convierte las calles de Mitla en un museo vivo a cielo abierto.

En el corazón de San Pablo Villa de Mitla, mejor conocida como Mitla, el arte no se encierra en galerías silenciosas ni se comercializa en aparadores turísticos exclusivos. Desde hace cuatro años, las calles y los callejones polvorizos de esta localidad oaxaqueña se han transformado en un lienzo vivo, un museo a cielo abierto donde el color dialoga directamente con la historia, las tradiciones y la vida cotidiana de su gente.

Todo comenzó en el turbulento año 2020, en medio de la incertidumbre global marcada por la pandemia. En una charla casual dentro del espacio del Centro Cultural Pitao Bezeleo, surgió una inquietud compartida por trabajar temas comunitarios a través del muralismo. La semilla germinada en esa mesa encontró tierra fértil cuando dos artistas visitaron la comunidad por un encargo específico. Al enamorarse de la atmósfera local, el proyecto cobró forma junto con el colectivo Pitao Bezeleo.

"El objetivo principal era descentralizar el arte. En las comunidades turísticas siempre se destina el mayor esfuerzo al circuito principal; nosotros buscamos precisamente llegar a las periferias, voltear a ver las condiciones y situaciones en las que vivía la comunidad", relata Marco, cofundador del proyecto.

De la pausa a la explosión de color

Tras la pausa obligada por la contingencia sanitaria, la primera edición formal arrancó en 2021. La convocatoria inicial apuntaba modestamente a seis muralistas, pero la respuesta superó cualquier expectativa: 33 artistas plasmaron un total de 28 murales, algunos de ellos en trabajos colaborativos.

Desde su concepción, el festival se pensó bajo un modelo autogestivo y comunitario. Aquí no hay contratos millonarios ni sueldos exorbitantes para los creadores; el verdadero motor es el tejido social. Familias, dueños de negocios locales y vecinos se suman aportando desde lo posible: patrocinan comidas, desayunos y cenas para los artistas, o bien donan brochas, rodillos y pintura.

Por su parte, el festival —que en sus últimas ediciones ha contado con el valioso patrocinio de Comex para los insumos y el respaldo del sistema de creadores Foca en el apartado logístico— retribuye cubriendo hospedaje, alimentación y transporte a los talentos invitados. La selección de creadores prioriza el talento local y nacional, destinando un 60 a 70 por ciento de los espacios a artistas oaxaqueños y de otros estados, consolidándose como una auténtica plataforma de impulso.

Más de 120 murales y una lista de espera infinita

A lo largo de cuatro ediciones, el festival ha reunido a más de 100 muralistas, sumando un acervo visual que supera los 120 murales distribuidos en más de 3,000 metros cuadrados de superficie pintada.

La aceptación ha sido tal que hoy en día existe una auténtica lista de espera: por un lado, cerca de 60 muralistas formados en la fila virtual que anhelan participar; por el otro, decenas de propietarios de muros que ofrecen con orgullo las paredes de sus hogares esperando ser transformadas.

A diferencia de otros encuentros de arte urbano, aquí los temas no son improvisados. Cada edición parte de un eje rector que conecta con la identidad comunitaria: desde el Día de Muertos y la medicina tradicional, hasta las "memories vivas, huellas y rostros", un homenaje para rescatar y honrar los conocimientos de los abuelos y abuelas. Los artistas disponen de un periodo de entre 10 y 12 días para materializar sus piezas, contando con total libertad creativa a partir de un boceto previo que guía el proceso metodológico.

Un puente cálido entre el artista y el pueblo

Si algo distingue a este festival de otros ejercicios similares en el país es su profundo sentido humano. No se trata de llegar, pintar y marcharse de prisa. La dinámica exige que el muralista conviva con las familias, escuche las historias locales y comprenda la cotidianidad de Mitla.

Esta calidez ha generado una simbiosis perfecta. La comunidad no solo cuida y respeta las obras —salvo contadas excepciones donde las paredes debieron derribarse por ampliaciones o necesidades de construcción de las familias—, sino que ha hecho suyo el proyecto. Incluso, los propios habitantes organizan recorridos turísticos autogestionados para mostrar las obras a los visitantes, generando una derrama económica directa para los creadores y los pobladores.

Hoy, aunque Marco se encuentra radicado fuera de la comunidad por motivos de cambio de residencia, la batuta del proyecto es sostenida con firmeza por Alexis Juárez, actual director del festival, junto a las decenas de voluntades que conforman de manera libre el colectivo Pitao Bezeleo.

En Mitla, las paredes dejaron de ser simples límites de ladrillo y cemento. Hoy son páginas abiertas donde la memoria colectiva se escribe con pintura, recordando que el arte más poderoso es aquel que nace de la tierra y abraza a su gente.

Imagenes propiedad del Festival Internacional de Murales Mitla

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