MexiquenSer: La lección del Plan de Texcoco
Hay fechas que parecen dormidas en los libros de historia, pero que, al echarles un ojo revelan su trascendencia. El 23 de agosto de 1911, cuando la Revolución mexicana todavía buscaba rumbo, Texcoco fue escenario de uno de esos momentos. Ahí, el mexiquense Andrés Molina Enríquez lanzó un desafío al poder: el Plan de Texcoco.
En 1909 había publicado Los grandes problemas nacionales, donde cuestionó la concentración de la tierra, el poder de las haciendas y la desigualdad. Para él, la caída de Porfirio Díaz no significaba que la Revolución hubiera cumplido su tarea. Apenas comenzaba.
En 1911, Francisco I. Madero había triunfado políticamente, Díaz había renunciado y Francisco León de la Barra ocupaba provisionalmente la Presidencia de la República. Pero Molina veía que el viejo aparato político seguía prácticamente intacto y que la cuestión agraria -la gran deuda con campesinos y comunidades- no avanzaba.
Así nació el Plan de Texcoco.
El documento desconocía al gobierno de León de la Barra y los estatales, y establecía un gobierno revolucionario provisional. Pero había algo mucho más profundo: proponía transformar la propiedad de la tierra, al declarar de utilidad pública la expropiación parcial de las grandes propiedades rurales que excedieran las 2 mil hectáreas.
El levantamiento fracasó. Fue detenido y encarcelado. Pero sus ideas no murieron. Apenas unos meses después, Emiliano Zapata hizo de la cuestión agraria el corazón del Plan de Ayala.
Finalmente, Andrés Molina terminaría participando en el proceso que desembocó en la Constitución de 1917, particularmente en la construcción intelectual del artículo 27, piedra angular de la reforma agraria y de la concepción mexicana de la propiedad de la tierra y los recursos nacionales. Su pensamiento, por tanto, pasó de un plan revolucionario derrotado a una parte fundamental del nuevo orden constitucional.
Y ahí está su principal enseñanza. La legitimidad de un proyecto no se sostiene indefinidamente con el argumento de haber desplazado a quienes gobernaron antes. Llega un momento en que los ciudadanos empiezan a evaluar al nuevo poder por sus propios resultados.
Y ese momento se acerca hoy en día.
Un proceso electoral no debería reducirse a quién encabeza las encuestas, qué partido logra más candidaturas o qué alianza resulta más conveniente. La pregunta de fondo tendría que ser otra: ¿qué ha cambiado realmente en la vida de las familias y qué falta por transformar?
El Plan de Texcoco recuerda que las grandes transformaciones políticas sobreviven cuando logran convertirse en cambios sociales concretos. Esa debería ser una reflexión para todos los partidos, pero especialmente para quienes tienen hoy la responsabilidad de gobernar.
Porque una elección puede ganarse con votos. La confianza, en cambio, solamente se conserva con resultados.
Y quizá esa sea la verdadera lección de Texcoco rumbo a 2027: no confundir la conquista del poder con la transformación de la realidad. Veremos.
