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Los Sonámbulos: En el país del “no pasa nada”… aunque pase

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Por Jesús Delgado Guerrero

Unas pocas líneas han resumido la maledicencia neoliberal y proyectado la contrariedad de los espíritus de avanzada en franca decadencia y ceguera: “La sociedad está harta de que tiene muchos años sin que pase nada (…), los gobiernos no saben cómo conducir el cambio”.

Dicho hasta por cualquier dirigente del PRI, del PAN o hasta del nuevo y cadavérico PRD, esto sería algo más que una blasfemia, peor en boca de unos de los hombres que se han beneficiado al extremo de que justo “no pase nada”, aunque todo pase, como el magnate Carlos Slim.

Porque no hay duda de que todo ha pasado: en economía, hay más millones de pobres, y no sólo por  motivos demográficos, sino también por intereses clientelares y de control.

También los hay más miserables por esa suerte de “estajanovismo” de libre mercado, (por Alekséi Grigórievich Stajánov, famoso minero, ejemplo de sacrificio personal), muy moderno y echado pa´lante con sus “outsourcings”, sin el fardo de “siniestros sindicatos”, pero sin catapultar a nadie a honoríficas estampillas o en una diputación, menos a una jubilación digna frente a esos engendros llamados Afores.

También, la corrupción, como las altas empresas con visión de futuro, se ha diversificado. Ya no es un sólo color el que predomina, así la oscuridad los haga pardos, aunque en el último sexenio priista quedó claro que el fenómeno siempre habrá de enmascararse en “renovadas generaciones” o mostrarse toscamente con sobornos tipo Odebretch y viajes en helicóptero de poco más de 12 kilómetros, de un edificio a otro; o con gobernadores a salto de mata por trastupijes de cualquier laya (desde ligas con el crimen organizado hasta diarios con operaciones ilícitas justificadas con el “Sí, merezco abundancia”).

Además, generar monopolios (si, tipo Teléfonos de México, de Slim) y no cobrarles impuestos al tamaño de sus monopólicas utilidades se convirtió en uno de los deportes más socorridos durante las últimas casi cuatro décadas, tanto, que hizo de los monopolistas hombres “Forbes”, sin excluir en ello la gran aportación de otros negocios de carácter especulativo, esto gracias al paraíso fiscal en que se convirtió nuestro país y a las oportunidades que ofrecen otras islas de la evasión.

“Todo pasa en este país… pero nada pasa”. Cierto. Hasta el momento así ha sido. Y puede que la cosa no cambie mucho en materia económica, una vez que el Presidente proclamó algo que es más que música para los oídos neoliberales: sí al libre comercio (falta ver si esto es sólo en el ámbito productivo o va a ser lo mismo en materia de finanzas, verdadera calamidad de nuestro siglo).

En el ámbito social, de seguridad específicamente, no todos los días se ven centenares de cadáveres esparcidos en diversas trincheras. Es probable que los muertos de antes hayan sido menos ostentosos, un poco más pudendos, que sus colegas actuales, pero es incontestable el arraigo de la narcocultura violenta, sustituta de hippies pacifistas adictos a la mota.

Que los gobiernos no saben conducir los cambios, es un hecho. De entrada hay que decir que no hay que confundir “gobiernos” con “gerencias”. Y lamentablemente éstas, formadas por tecnócratas, sí produjeron cambios pero todos devastadores (empezando por el desmantelamiento mismo de las instituciones de gobierno), nada para articular una narrativa más o menos seria en su defensa, ni con las alcahuetas “democracia” y “libertad”.

La lista de lo que ha pasado durante muchos años es interminable. Ha “pasado todo”, y mucho, pero ciertamente como si nada hubiera pasado, justo porque lo que se requiere es de gobernantes para que “pase algo” frente a “todo lo que pasa” (así de sencillo, así de complicado).