Imagen de quechquemetl de la cultura Tepehua de Hidalgo. Elaborado en telar de cintura e hilado de algodón. Aplicación que representa el árbol de la vida. Aprox. 1940.

Por Tiyako Felipe

Lucien Febvre, uno de los grandes maestros de la historigrafía contemporánea planteó en un bello texto: «Vivir la historia. Palabras de iniciación» (1941) que la historia, no era el «estudio del pasado» sino un estudio «cientificamente elaborado», por lo tanto, en la génesis  de toda obra histórica debería plantearse un problema y generar una hipótesis. Combatiente como lo fue en la primera guerra mundial, sin miedo a introducir el caballo de Troya de la subjetividad y aludiendo a sus contrapartes de la historia positivista- Febvre formuló algo que hasta ahora sigue vigente: hacer «historia problema».

El autor de «Combates por la historia», siguiendo las dicersiones de su querido amigo Marc Bloch,  quien planteó que la historia es la ciencia que estudia a los hombres en el tiempo; pero no el tiempo de relojes o calendarios, sino el tiempo social, histórico. Ese marco temporal que no abarca solo el pasado sino que implica un ejercicio regresivo que va desde el más vivo presente hacia el pasado; y viceversa. Todo para comprender y hacer comprender a los hombres y mujeres de otros tiempos.

Se preguntarán por qué trajimos a ustedes a dos grandes maestros de la historia al inicio de una reflexión sobre el Día Internacional de la Lengua Materna; fecha también enmarcada por el declarado decenio de las lenguas en el mundo. Sí queridos lectores, es para reflexionar/problematizar desde nuestro presente el devenir de los pueblos indígenas contemporáneos. Esos pueblos en cuyo seno aun laten las huellas de la cosmovisión mesoamericana. Una forma de ver el mundo que podemos afirmar se mezcló con la estructura profunda de por lo menos  68 lenguas originarias y sus respectivas variantes dialectales que han sobrevivido en México, hasta nuestros días.

Más allá de recordar la existencia del abánico variado de lenguas originarias, es necesario reflexionar su devenir histórico y todas las vicisitudes que han tenido que sobrellevar para subsistir. Por un lado la colonización buscó aprenderlas para evangelizar y convertir a los «indios idólatras», pero también para dominar y controlar su mundo. En igual sentido se movieron las ideas de modernización, civilización y castellanización que detras de la puerta escondieron operaciones sistemáticas para erradicar las lenguas porque eran símbolo de atrazo, incivilización, barbarie; un obstáculo para la modernización. Ideas que llegados a nuestro presente se afianzaron con propuestas «institucionales» que pretendieron resguardarlas, recuperarlas, documentarlas, pero ya el daño estaba hecho. Hoy vamos navegando contra el tiempo cada que se cierra una ventana que permitía conocer una forma particular de ver el mundo; cuando un hablante muere, con ellas y ellos se van miles de años de historia.

Estar atentos a la vida, como argumentaba el maestro Febvre, es reflexionar que no ha habido proyectos concretos y sólidos para preservar el patrimonio que ahora se dice es de la humanidad. Basta con preguntarse cuántas instituciones de educación pública las reconocen como lenguas adicionales al español. Cuántos institutos avanzados de investigación las ponen en su amplio catálogo de requisitos para ingresar a hacer estudios científicos de especialización. Aun cuando constitucionalmente se reconozca su valor e importancia en la carta magna de nuestra nación.

Será que fechas como la del Día Internacional de la Lengua Materna, sólo se hicieron para que como en todo calendario cívico (herencia decimonónica y del estado posrevolucionario)  ese día las autoridades de todos los niveles de gobierno porten orgullosos sus huipiles que evocan a los originarios, aunque después sigan viviendo en el silencio.

A pesar del escenario adverso hay pequeños esfuerzos que buscan a diario el camino para hacer cosas concretas a favor de sus lenguas y culturas; defender sus territorios, su derecho a la autonomía, la autodeterminación y su derecho a la vida desde su propia cosmovisión. No desde la via institucional, sino por medio de acciones concretas, aun a costa de su vida; porque si algo han heredado las nuevas formas de hacer historia es a pugnar cada día por una historia problema;  una historia siempre viva que no olvide lo que Marx sentenció en uno de sus brillantes escritos: La tradición de todas las generaciones muertas oprime-y seguirá oprimiendo- como una pesadilla el cerebro de los vivos». Urge hacer algo para revertir el ocaso de nuestras lenguas originarias.

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