Por Miguel Ángel Ramos
En Naucalpan se venera a la figura de la Virgen María más antigua de todo el continente. Testiga muda de siglos de historia a ambos lados del Atlántico. La “Generala” que “enfrentó” a la Virgen de Guadalupe durante la Independencia. Vecina de Huitzilopochtli y parte del contingente que salió huyendo de Tenochtitlán la noche -triste o victoriosa- del 30 de junio de 1520.
Es la Virgen de los Remedios, venerada en el cerro de Otomcapulco, hoy cerro de los Remedios. La misma figura que se dice llegó a suelo americano en manos de Juan Rodríguez de Villafuerte, quien formaba parte de las huestes de Hernán Cortés, y a quien le rezaban cada día con fervor.
La habría recibido como regalo de su hermano, un fraile agustino, al enterarse que se aventuraría en las nuevas tierras.
Y como las historias de culto están rodeadas de mitos y leyendas, esta no está exenta.
Esta virgen habría sido testigo del viaje de Cortés a Cuba y luego de toda su andanza en México. Presenció la batalla de Centla, el primer enfrentamiento de los españoles con los nativos americanos en la masa continental. Ahí conoció a Marina.
Fue testigo de la matanza en Cholula y del encuentro entre Cortés y Moctezuma. Fue colocada en el Templo Mayor, y el propio Moctezuma la resguardo en los días aciagos por la ausencia de Cortés, como se lo había prometido.
En esos días ocurrió la matanza del Templo Mayor, ordenada por Pedro de Alvarado. El inició de la mayor derrota que vivieron los españoles y sus aliados en la conquista de Tenochtitlán. La noche en que huyeron hacia Tacuba, dejando sumergidos tesoros y más de la mitad del ejército.
El 1 de julio, asediados por los mexicas, la virgen se habría aparecido a los derrotados para darles aliento. Cortés dirigió a su gente hacia el único lugar posible, entre magueyes y piedras, en Otomcapulco, territorio aliado de otomíes.
Era la ruta de escape hacia Tlaxcala, donde podrían refugiarse y recobrar fuerzas. Ahí, en ese cerro, convencido de que el fin estaba cerca, Juan Rodríguez escondió a la virgen al pie de un maguey. Dos décadas después, en 1540, el indígena Ce Cuatli encontró la imagen.
La Virgen resurgía con un tono de redención y milagro. Ahí mismo se levantó una ermita, que se transformaría en uno de los recintos más emblemáticos del Estado de México: la Basílica de Nuestra Señora de los Remedios.
Desde fue retomada para abanderar la “Guerra de las Vírgenes”, al ser nombrada por el virrey Francisco Javier Venegas como “Generala” del ejército realista, en contraparte a la Virgen de Guadalupe, tomada como estandarte por Miguel Hidalgo.
Para los historiadores, su importancia es innegable. Es la virgen que acompañó a los conquistadores, que sobrevivió al fuego, al olvido. Pero también es la que se dejó encontrar por un indígena. Símbolo de victoria y de consuelo.
En el silencio de la basílica, entre vitrales y cantera, la pequeña imagen de madera sigue ahí. Testiga de 500 años de historia nacional. Sincretismo convertido en testimonio: la conquista, la resistencia, el encuentro de dos mundos, la fe, la imposición, el dolor y la esperanza.
Observa desde la cima de un cerro un país que, como hace 500 años sigue buscando remedios.
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