Se creía que el enfrentamiento que provocó el declive de la Ciudad de los Dioses había ocurrido entre los años 550 y 650 d.C.

Ciudad de México.- La rebelión había comenzado en Teotihuacan: los palacios ardieron hasta caer hechos añicos y ni siquiera los dioses escaparon de aquella muchedumbre incontrolable, pues hoy los vestigios de sus efigies se localizan dispersos, con evidencias claras de que fueron arrojados con furia muy lejos de sus emplazamientos originales.

Aquella revuelta, la cual cortó el auge de una de las ciudades más prósperas de Mesoamérica, ocurrió en el año 570 de nuestra era. Así lo sugiere una hipótesis que la arqueóloga Linda Rosa Manzanilla Naim presentó ayer en el simposio “El Palacio de Xalla en Teotihuacan. Una posible sede de poder”.

La actividad académica, que continúa esta tarde en El Colegio Nacional con la participación de especialistas del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), mostró cómo, a partir de nuevos fechamientos por radiocarbono y arqueomagnetismo, la brecha temporal de aquel episodio se reduce hasta ese año en particular.

De acuerdo con la académica del Instituto de Investigaciones Antropológicas (IIA) de la UNAM, se creía que el enfrentamiento que provocó el declive de la urbe había ocurrido entre los años 550 y 650 d.C., “y ni siquiera se hablaba de una revuelta sino solo de abandono”.

Lo que sucedió, expuso, “fue un choque violento entre dos modos opuestos de ejercer el poder que terminaron desgarrándose entre sí”.

Uno de ellos era corporativo y estaba representado por los cuatro cogobernantes de Teotihuacan, dos de los cuales, “los más importantes”, ya que personificaban al dios de la lluvia —titular de la ciudad precortesiana—, y al del monte, que era una figura vinculada con el quehacer minero, los cuales residían en el Palacio de Xalla.

En el otro bando estuvieron los 22 barrios de artesanos, agricultores y comerciantes, dirigidos por individuos de clase media, quienes comenzaron a ganar prestigio y amasar recursos, lo que los llevó a competir entre sí y, eventualmente, a recelar del consejo de cogobernantes.

“Creo que los barrios adquirieron tanta autonomía que al final, aunque se intentó, resultó imposible contenerlos”, señaló Manzanilla Naim al hablar de cómo no solo en Xalla sino en toda la Calzada de los Muertos, es decir, en la zona de elite teotihuacana, los centros de poder y residencias fueron quemados, destruidos y saqueados.

En el simposio, las doctoras Ana María Soler y Laura Beramendi, investigadoras de los institutos de Geofísica y Geología de la UNAM, respectivamente, indicaron que los fechamientos radiocarbónicos se obtuvieron de muestras de madera carbonizada de las vigas del Palacio de Xalla, la cuales sucumbieron durante el incendio.

Con resultados coincidentes con el radiocarbono, que permitieron llegar a la citada fecha de 570 d. C., el arqueomagnetismo se aplicó fundamentalmente a los pisos, también quemados, durante la insurrección en Xalla.

“El arqueomagnetismo se basa en el movimiento del norte magnético alrededor del polo. Así, si en laboratorio aplicamos fuego a un material que tiene óxidos de hierro, esos óxidos se alinean al norte magnético y nos permiten saber cuál fue la fecha en que fueron quemados”, explicó la arqueóloga Manzanilla Naim.

La primera jornada del simposio en El Colegio Nacional también contó con la participación de los académicos Carlos López Puértolas, del Posgrado de Estudios Mesoamericanos de la UNAM; y de Edgar Rosales, curador de la Sala Teotihuacana del Museo Nacional de Antropología.

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